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Ayer Simone Zaza marcó su primer gol con la camiseta del Torino y un sector del valencianismo lo utilizó como pretexto para tirarse piedras. Y es que la vida en la trinchera es muy jorobada, la defensa a ultranza de un punto de vista y el desprecio por la contraria lleva a algunos a superar la línea del respeto.

El delantero italiano abandonó Mestalla en un contexto controvertido, el compás de espera incluso radicalizó las posiciones y derivó en un enfrentamiento entre aficionados.

Todo o nada. Blanco o negro. Tomar cierta perspectiva no parecía una opción y había que ir a la guerra. La sequía goleadora del ariete hasta la fecha y el gol de ayer evidenciaron que todavía conservamos los rescoldos de una disputa estéril.

Simone dio muchas cosas al Valencia, llegó en un momento en el que tanto él como el club se necesitaban. Puso garra, esfuerzo y compromiso, dignificando un escudo arrastrado dos años por todos los campos españoles.

Por otra parte, también creo que hay que entender la decisión de Marcelino de preferir contar con otro tipo de delanteros que se adapten más a su idea de juego. Salgan como salgan Gameiro o Batshuayi, desde el plano futbolístico es una elección totalmente comprensible.

Dicho esto, por lo primero me alegraré de cada gol que marque el italiano en su carrera y, por lo segundo, no se me ocurrirá tirarle a nadie los muebles a la cabeza si marca cuarenta por temporada. Porque expresadas con respeto, todas las opiniones son respetables.

… Y ahora Parejo

La misma historia, ahora con un jugador de nuestra plantilla. La pasada temporada jugó a un nivel altísimo y esta ha empezado flojo. La del madrileño es otra figura que despiertas filias y fobias.

Mi reflexión para este caso es la misma, en los extremos no se hallan las respuestas, las cosas no son blancas o negras, existen tonos grises. Ni Parejo es un “cojo” ni plantear que entre en la rotación es una herejía.

Qué triste sería sustituir el debate estrictamente futbolístico en favor de una absurda disputa acerca de quién tiene o deja de tener razón. O vivir pendiente del fallo o el acierto de un jugador solamente para reivindicar una postura.

La vida en la trinchera, créanme, es tensa, obsesiva y poco productiva.

 

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