El Valencia ya es una pasión centenaria y no me veo con la capacidad de redactar unas líneas a la altura de su grandeza. Sí tengo, en todo caso, la voluntad de expresar sin extenderme demasiado lo que el escudo del murciélago significa para mí. El Valencia ha sido el hilo argumental de mi vida.

Prendado de Mestalla desde la primera vez que lo pisé, en un Trofeo Naranja para el que mi tía sacaba entradas cada año, crecí al grito de “Vamos Pablito Aimar…”, vistiendo las camisetas de Albelda y Vicente, queriendo ser portero por Santi Cañizares y saltando con toda mi familia en el salón de casa con el gol de Mista en Göteborg.

Aquella mágica noche, con tan solo 6, mi padre me sacó en brazos al balcón para ver a los coches pitar y ondear al viento sus banderas por las ventanillas. El júbilo y la emoción desbordada me inocularon un germen que hoy en día vive en mí en su máxima expresión.

Triunfos y éxitos como aquellos, que estoy seguro volveremos a vivir, no se han repetido, pero tampoco ha sido menester para que creciese mi arraigo a los colores. Mi padre, que haciéndome valencianista me hizo el regalo más grande  de mi vida, me transmitió -y lo sigue haciendo- que ser del Valencia es mucho más que los títulos. Es la eterna lucha por superarse, por mirar a los ojos a la adversidad sin agachar la cabeza, ser autoexigente con uno mismo y defender lo que te es propio. Una lección de vida.

Con los años, además, el Valencia me llevó también a descubrir mi vocación por el periodismo. Con 14 años me sentaba en la Ciudad Deportiva libreta en mano para escribir en un blog las crónicas del Valencia Mestalla y tratar descubrir el talento crecido en las entrañas de Paterna. Todo ello me regaló el placer de conocer a mi primer lector y un valencianista inolvidable, don Paco Rius.

A día de hoy, vivo al Valencia en esa doble vertiente; en la de periodista crítico cuando toca serlo y siempre desde la sensibilidad y la voluntad de ser constructivo; y la de aficionado que acudo a Mestalla cada fin de semana con mi padre -que me contagió el valencianismo-, mi hermano -cuyo hombro es el más cálido paño de lágrimas- y mi tío Boro -al que el pasado verano acompañé a sacarse su primer abono con más de cuarenta años y al que vi llorar diciéndome “açò és lo més gran de ma vida”-.

Y es que el Valencia es el más sincero abrazo, la pasión más fraternal, un legado que defender y un futuro por edificar.

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